1 del 6 de 2002; 06:43 AM - Pensamiento crítico - Ciencia
Acrilamida: ¿alguien se ha enterado?
Suelo discutir con personas temerosas de los transgénicos o de los campos electromagnéticos de las antenas o las líneas de alta tensión. Siempre insistían en que debíamos tener precaución total hasta que se demostrase de forma absoluta que no son perjudiciales. La respuesta es obvia: demostrar eso es imposible, pero no sólo en esos casos, sino en cualquier otro. No se puede demostrar que tocar madera, comer manzanas, o incluso pan sea totalmente inofensivo. Se reían. “¡No hay comparación! El hombre, decían, lleva comiendo manzanas y pan desde hace miles de años!” (Es decir, la demostración absoluta de riesgo cero sólo es exigible a las novedades. Lo cual implica no volver a comer nunca nada nuevo jamás. En fin… )
Mira por donde, resulta que el pan podría producir cáncer. Como recientemente se ha probado, alimentos tan comunes en los países occidentales como las patatas fritas, las galletas, los cereales tostados para el desayuno o el mismísimo pan, tienen cantidades preocupantes de acrilamida, un agente neurotóxico y cancerígeno que no está ni en aditivos de estos alimentos ni en contaminantes, sino que se generan espontáneamente mientras se hornean o fríen, ya sea a manos de la pérfida industria o en las de la mismísima abuela. En otras palabras, estos alimentos tan cotidianos, antiguos y “naturales” pueden estar produciendo miles de casos de cáncer.
¿Cuál ha sido la reacción de la gente ante este descubrimiento? Aparentemente, incredulidad y pura indiferencia. ¿Dónde están todos los que suelen gritar que “no sabemos lo que comemos” o que “estamos siendo tratados como cobayas humanas”? ¿Dónde las manifestaciones contra la industria alimentaria, las quejas al Ministerio de Sanidad, las listas negras de productos peligrosos? Casi toda España dejó de comer carne roja con el asunto de las vacas locas. ¿Ha dejado alguien las patatas fritas?
La verdad es que la noticia no se ha divulgado mucho; ha aparecido más en la prensa que en la televisión. Algunos dirán que no “interesa” divulgarlo demasiado, pero a mí me da que la indiferencia ante el caso también ha alcanzado a los informadores. Es muy curioso: la gente anda asustada por la antena de telefonía del barrio o por el tomate modificado genéticamente, estudiados hasta la saciedad sin encontrarse indicios de riesgo para la salud… pero nadie se inmuta cuando la ciencia descubre que consumimos cancerígenos cotidianamente. Parece que lo tecnológicamente nuevo da más miedo que lo objetivamente peligroso.












