“La demanda de los consumidores es perfectamente legítima y, en consecuencia, debe ser tenida en cuenta. Los gobiernos europeos se han encontrado con dificultades: los vendedores estadounidenses no mencionan si un barco que llega a cualquier puerto transporta o no productos vegetales transgénicos, por lo que les acusa de todo tipo de cosas, especialmente despreciar a los consumidores.
“La realidad es algo diferente, y en este ámbito, los consumidores europeos están un poco desfasados respecto a los estadounidenses. Se debe recordar que el maíz transgénico se cultiva en gran escala en Norteamérica desde hace ya más de diez años y que aún se están esperando las inevitables catástrofes que debería haber supuesto esta práctica. La introducción en el mercado de estos OGM (Organismos Genéticamente Modificados) no se ha hecho a la ligera. Estos productos han sido sometidos a diversas pruebas toxicológicas y examinados por expertos de la FDA (Food and Drug Administration) y de la EPA (Environmental Protection Agency), que no se caracterizan, precisamente, por su permisividad. Tras las pruebas, que por supuesto fueron mucho más duras que las aplicadas a las nuevas variedades de maíz no transgénico, tanto el maíz como la soja transgénicos fueron considerados como plantas que no presentaban diferencias significativas con las plantas originales desde el punto de vista de la salud humana. Estos OGM pudieron, a partir de ese momento, ser tratados como productos ordinarios sin necesidad de nada en especial. No existen, en consecuencia, razones reglamentarias ni sicológicas para no mezclar el maíz transgénico con el convencional, lo mismo que se mezclan maíces no transgénicos de distintas procedencias o variedades. Los estadounidenses no tienen ningún problema en su mercado interior y se han quedado estupefactos ante la reacción de los consumidores europeos. No comprenden nuestras motivaciones y consideran que se trata de intereses políticos y económicos más que preocupaciones reales respecto a la seguridad biológica.
“Los consumidores exigen un etiquetado que les dé la posibilidad de rechazar cualquier producto si no lo consideran adecuado para su consumo; pero ¿a quién corresponde la responsabilidad de rechazar los productos? Si lo que se rechaza es un sistema económico -y no faltarían razones para hacerlo- sería mejor decirlo así. En ese caso convendría comenzar por rechazar muchas otras cosas realmente peligrosas y que forman parte de nuestra alimentación cotidiana.
*Louis-Marie Houdebine. Los transgénicos. Verdades y mentiras sobre los organismos genéticamente modificados. Salvat Contemporánea.
Suelo discutir con personas temerosas de los transgénicos o de los campos electromagnéticos de las antenas o las líneas de alta tensión. Siempre insistían en que debíamos tener precaución total hasta que se demostrase de forma absoluta que no son perjudiciales. La respuesta es obvia: demostrar eso es imposible, pero no sólo en esos casos, sino en cualquier otro. No se puede demostrar que tocar madera, comer manzanas, o incluso pan sea totalmente inofensivo. Se reían. “¡No hay comparación! El hombre, decían, lleva comiendo manzanas y pan desde hace miles de años!” (Es decir, la demostración absoluta de riesgo cero sólo es exigible a las novedades. Lo cual implica no volver a comer nunca nada nuevo jamás. En fin… )
Mira por donde, resulta que el pan podría producir cáncer. Como recientemente se ha probado, alimentos tan comunes en los países occidentales como las patatas fritas, las galletas, los cereales tostados para el desayuno o el mismísimo pan, tienen cantidades preocupantes de acrilamida, un agente neurotóxico y cancerígeno que no está ni en aditivos de estos alimentos ni en contaminantes, sino que se generan espontáneamente mientras se hornean o fríen, ya sea a manos de la pérfida industria o en las de la mismísima abuela. En otras palabras, estos alimentos tan cotidianos, antiguos y “naturales” pueden estar produciendo miles de casos de cáncer.
¿Cuál ha sido la reacción de la gente ante este descubrimiento? Aparentemente, incredulidad y pura indiferencia. ¿Dónde están todos los que suelen gritar que “no sabemos lo que comemos” o que “estamos siendo tratados como cobayas humanas”? ¿Dónde las manifestaciones contra la industria alimentaria, las quejas al Ministerio de Sanidad, las listas negras de productos peligrosos? Casi toda España dejó de comer carne roja con el asunto de las vacas locas. ¿Ha dejado alguien las patatas fritas?
La verdad es que la noticia no se ha divulgado mucho; ha aparecido más en la prensa que en la televisión. Algunos dirán que no “interesa” divulgarlo demasiado, pero a mí me da que la indiferencia ante el caso también ha alcanzado a los informadores. Es muy curioso: la gente anda asustada por la antena de telefonía del barrio o por el tomate modificado genéticamente, estudiados hasta la saciedad sin encontrarse indicios de riesgo para la salud… pero nadie se inmuta cuando la ciencia descubre que consumimos cancerígenos cotidianamente. Parece que lo tecnológicamente nuevo da más miedo que lo objetivamente peligroso.
La carencia de buenas pruebas de la eficacia terapéutica del psicoanálisis es una de las razones por las que no ha sido admitido en el cuerpo general de la práctica médica. Un profano podría inclinarse a decir que deberíamos darle tiempo, pues los médicos son conservadores y hacen falta años y años para que ideas tan nuevas calen. Pero sólo en una escala de tiempo literaria son nuevas las ideas freudianas. Según los patrones de la práctica médica actual parecen casi cosa de anticuario. Muchos de los principios de Freud se formularon antes de que se reconociesen los errores metabólicos congénitos, antes de la teoría cromosómica de la herencia, antes incluso del redescubrimiento de las leyes de Mendel. Cuando Freud empezó a proponer sus nuevas doctrinas no se había oído hablar de las hormonas, y el mecanismo del impulso nervioso, que hoy conocemos bastante bien, era desconocido.
Sin embargo, los psicoanalistas son dados a decir que la obra de Freud es convincente porque se basó firmemente en principios biológicos básicos. Lamento, pues, tener que expresar la opinión profesional de que muchas de las ideas germinales del psicoanálisis son de lo menos biológicas que pueda haber, entre ellas la “pulsión de muerte”, el supuesto de fondo de que la mente es extremadamente frágil, el desprecio sistemático de la contribución genética a la diversidad humana y la interpretación del sueño como “uno de los miembros de una clase de fenómenos psíquicos anormales”
*Peter Medawar. El Extraño caso de los ratones moteados y otros ensayos sobre ciencia. Ed. Crítica
“”La planta de San Juan (Hypericum perforatum) no es más eficaz que el placebo en el tratamiento de una depresión mayor de grado moderadamente severo, según las conclusiones de un estudio que se publica hoy en The Journal of the American Medical Association.
“”Un equipo de la Universidad de Duke, en Durham (Carolina del Norte), coordinado por Jonathan Davidson, ha diseñado un estudio para probar la
eficacia de la planta de San Juan en el tratamiento de la depresión.
“”El equipo concluye que, “según los datos disponibles, el Hypericum no puede considerarse como un sustituto de las terapias clínicas estándar, entre las que se incluyen medicaciones antidepresivas y psicoterapias, para el tratamiento de la depresión mayor de severidad moderada”.
A la vista de los resultados, otro de los autores del trabajo, Robert Califf, director del Instituto de Investigación Clínica de Duke, ha señalado que “sólo porque la planta de San Juan no sea eficaz en este tipo de depresión no significa que sea inofensiva para el organismo. De hecho, se ha demostrado que la hierba interactúa con algunos fármacos como los que se emplean para tratar el VIH, determinadas cardiopatías y medicaciones inmunosupresoras que evitan el rechazo de órganos”.
“”Para Califf es fundamental “que la gente consulte a su médico antes de tomar este tipo de medicaciones naturales”.
Un estudio* publicado el año pasado en el British Medical Journal encuentra que los chinos y japoneses de EEUU tienen un máximo de muertes cardíacas el día 4 de cada mes, número que es considerado “de mala suerte” en China y Japón. El efecto no se encuentra en los sujetos control (caucásicos para los que el día 4 no significa nada en especial).
*D. P. Phillips et al, 2001, The Hound of the Baskervilles effect: natural experiment on the influence of psychological stress on timing of death. BMJ 2001;323:1443-1446 ( 22-29 December )
El excepcional yacimiento de la región China de Liaoning continúa proporcionando pruebas de la existencia de una cobertura plumífera en los dinosaurios carnívoros pequeños. El nuevo fósil, descrito en la revista científica Nature, muestra claramente plumas complejas, idénticas a las de las aves modernas. Con ésta ya son 7 las especies chinas de dinosaurios no avianos conservados con plumas o protoplumas. Del mismo yacimiento se ha extraído recientemente un fósil de pterosaurio en el que también se ha conservado su cobertura de “pelo”.
Un ensayo clínico aleatorio publicado por el British Medical Journal prueba que los tratamientos homeopáticos contra el asma no son más efectivos que el placebo. “Tras un seguimiento de 16 semanas de 242 pacientes alérgicos que padecían asma, el estudio ha descartado las diluciones ultramoleculares de alérgenos que contienen los remedios homeopáticos” como terapia eficaz. Fuente: El País
Lo que sigue es una recapitulación de los tipos de productos transgénicos relacionados con la alimentación, su situación y sus riesgos:
1.- Sustancias empleadas en tratamientos de animales para mejorar la producción.
Yo no las incluiría aquí, pero los ecologistas sí lo hacen. El mejor ejemplo, muy usado en USA (no en la UE, más por razones económicas que por otra causa) es la hormona de crecimiento bovina recombinante utilizada para aumentar la producción de leche. En este caso, deberíamos evaluar los riesgos para el consumidor (paso de hormona a la leche) y para los animales en los que se utiliza. Yo los considero despreciables. No hay riesgos ecológicos.
2.-Sustancias empleadas en la industria alimentaria, obtenidas en microrganismos por técnicas de DNA recombinante.
Por ejemplo, la quimosina (cuajo) recombinante. Usada ya en la UE para fabricar queso. Tiene problemas burocráticos (denominaciones de origen) pero no problemas ecológicos ni riesgos para el consumidor.
3.-Animales transgénicos que tengan en su leche una proteina humana, menos lactosa, etc.
No hay ninguno aún comercial, que yo sepa. Ni riesgos ecológicos ni riesgos para el consumidor.
En estos tres casos no se liberan organismos al medio ambiente. Una vaca no es un organismo que pueda “polinizar” sin control a nadie, y en los otros casos solamente se comercializan las sustancias puras obtenidas. No hay que considerar pues transferencias de genes, resistencias a antibióticos, etc.
4.-Vegetales transgénicos* con tecnología RNA antisentido.
En este caso, el vegetal deja de fabricar una proteína suya, pero no fabrica nada nuevo. Por ejemplo, el tomate Flavr Savr, comercializado es USA, y creo que ya en Inglaterra también. No hay riesgos ecológicos por el vegetal (si pasara el gen a otra planta, no le serviría de nada, al no tener la misma secuencia de mRNA para hibridar, y aunque la tuviera, pues simplemente el fruto se apocharía más despacio). No hay riesgos para el consumidor, ni siquiera de alergias marginales. [*Estos vegetales están genéticamente modificados, pero no son realmente transgénicos, pues no tienen genes de otras especies (Nota de Homo webensis)]
En este caso solamente nos queda el asunto de los genes de resistencia a antibióticos. Hasta ahora tampoco veo yo ningún riesgo socioeconómico de monopolios, abusos por parte de las multinacionales y demás.
5.-Vegetales con un gen de resistencia a herbicida, que no se consumen directamente por las personas.
El caso de la soja. Riesgos ecológicos teóricos de trasmisión de la resistencia al herbicida si:
donde se cultiva existen plantas semejantes
si tenía algún interés utilizar el herbicida para eliminar la planta salvaje.
La condición a) no se produce en Europa. La b) se le olvida, curiosamente, a todos los ecologistas que hasta hace unos días no querían ni ver a los herbicidas. Nota: el gen no ha salido de la nada, sino de otra planta salvaje, creo que de las familia de las petunias.
6.-Vegetales con gen de la toxina de Bt, que no se consumen directamente por las personas.
El maíz transgénico. Riesgos ecológicos:
Trasmisión de resistencia. Sólo si donde se cultiva existen plantas semejantes, lo que no sucede en Europa.
Aparición de insectos resistentes a Bt. Posible, pero menos probable que con el uso indiscriminado de la toxina propugnado por la “agricultura biológica”
Destrucción de insectos beneficiosos. Escandalosa y malintencionada mentira. Esto si puede suceder si se usa la toxina de Bt a voleo. Si está en el maíz, hay que comérselo antes, y ningún insecto que come maíz es “beneficioso”, al menos para el agricultor.
Toxicidad para otras formas de vida. No, porque la toxina de Bt no afecta a aves, mamíferos, etc, que se puedan merendar el maíz, o los insectos afectados (lo que no se puede decir de los insecticidas convencionales, que de pronto pasan a ser los “buenos” de esta película.
Posible perjuicio a insectívoros (murciélagos, aves, etc): Ninguno depende exclusivamente de los comedores de maíz, y los demas insectos se verán menos afectados que con sistemas químicos. Mas que perjudicial, beneficioso comparado con los plaguicidas químicos.
En los casos 5 y 6 no existe riesgo para el consumidor de ningún tipo. Lo que comemos es almidón, lecitina, glucosa,etc, que no contiene proteínas (no hay riesgo de alergias) ni DNA (ni de trasmisión de resistencias a antibioticos). Existe el riesgo teórico de paso de resistencias a antibióticos en el tubo digestivo de los rumiantes cuando se utilizan como pienso. Nota al margen. Las resistencias a antibióticos, para trasmitirse eficazmente precisan dos condiciones:
Que se trasmitan
Que exista una presión selectiva favorable, es decir, que esté presente ese mismo antibiótico. La segunda condición se olvida casi siempre.
7.-Vegetales con un gen extraño, el que sea, que se consumen como tales.
No hay ninguno comercial. Serían patatas, frutas, etc, con genes de cualquier tipo. Aquí, además de los riesgos ecológicos de trasmisión del gen (con las debidas condiciones para que sea posible, no hay patatas salvajes en Europa), o de la resistencia a antibióticos (también ya en humanos) deberíamos considerar:
Aparición de alergias. Una proteína nueva aumenta la alergenicidad, teóricamente al menos. El aumento es en realidad casi despreciable (pongamos un 1 por mil más de lo que ya existía), y sólamente en alimentos crudos.
Aparición de toxicidad. Puede ser importante, y exige un examen minucioso antes de comercializar el producto. Son los que tienen mas riesgos, pero son también los mas prometedores, científica y socialmente, si se desarrollan adecuadamente. INVESTIGACION PUBLICA YA !!!
8.-Bacterias, levaduras, etc, utilizadas en fabricación de alimentos (pan, cerveza, yogur etc.), a las que se les coloca el gen de un enzima de otra. Se está trabajando en ello, incluyendo grupos españoles. Creo que no hay ninguna todavía comercial. Antes de “soltarlas” deberían llevarse a cabo controles estrictos de seguridad. La mayor parte de este tema está en manos públicas, por lo que la sensatez parece estar garantizada.
Los casos 5 a 7 se prestan además a situaciones de abuso poder por parte de empresas multinacionales, especialmente en el caso de las parejas resistencia-herbicida. No creo que mas que lo que sucede con el petróleo, pero eso es otra historia, y yo no soy economista.
Miguel Calvo Tecnologia de los Alimentos Facultad de Veterinaria. Universidad de Zaragoza
Por qué estoy en contra de las campañas por la prohibición.
Alarmismo injustificado, poco rigor científico y motivos pseudoéticos caracterizan a las campañas que exigen la prohibición total.
Joaquin Araújo, quizá el más famoso divulgador español del ecologismo, publicaba hace tiempo en el diario El País una columna acerca de los productos obtenidos de organismos transgénicos. “Cierto es que la biotecnología, podría alcanzar sanos y hasta muy constructivos objetivos. Además es legítima como incremento de nuestro saber”, escribía. Tras esta razonable frase, Araújo expone sus, en cierto modo, también razonables temores sobre los posibles riesgos de algunos productos de este tipo. Pero, sorprendentemente, leemos al final del artículo lo siguiente:
“aunque no hubiera secuela perniciosa para la salud de los humanos, ni para el derredor espontáneo, ni para la independencia de los países en espera de un mínimo bienestar, la suspensión de cualquier forma de libre circulación de los alimentos o seres transgénicos sería oportuna”.
Pocas veces puede uno encontrar una exposición tan clara y sincera de una convicción pseudoética (denomino así a la calificación de algo como “malo” (o “bueno”) aún cuando no existe ningún motivo racional para ello). He preguntado a algunos ecologistas (si bien pocos aún) si conciben la posibilidad de crear organismos transgénicos inofensivos o incluso beneficiosos para el medio ambiente, la salud, o la economía de los países pobres. Ninguno quiso contestarme a esta sencilla cuestión, posiblemente por miedo a caer en una trampa argumental. Pero Joaquin Araújo es pasmosamente sincero: admite la posibilidad de que puedan producirse transgénicos neutros o beneficiosos… pero, contra toda lógica, aboga por la prohibición de éstos transgénicos también. Es decir: aunque no sean malos, son malos.
Que no se malinterprete lo anterior. No estoy defendiendo que todos los productos transgénicos sean inofensivos. Simplemente afirmo que es muy posible que algunos sean más que beneficiosos. Cada producto transgénico es “un mundo”; no es posible generalizar, y este es uno de las más graves inconsistencias de las campañas anti-transgénicos. Mientras que una planta transgénica que sintetiza insecticidas podría tener un impacto ambiental negativo (o podría no tenerlo), una vaca que segrega insulina humana en su leche jamás se extenderá por el mundo causando estragos en los ecosistemas. Tampoco una planta de tabaco luminiscente tiene por qué crecer descontroladamente y dominar el mundo vegetal ¿en qué cabeza puede caber eso?. Mientras que una bacteria transgénica capaz de “comerse” el petróleo de las mareas negras podría alterar negativamente la cadena trófica marina, otra bacteria diferente, creada para los mismos fines higiénicos, podría no afectar en absoluto al plancton y cumplir su tarea de forma inocua. La pretensión de prohibir todos los productos transgénicos no tiene ningún sentido. Es como querer destruir todos los medicamentos solo porque algunos de ellos pueden implicar riesgos conocidos o desconocidos.
Determinados alimentos transgénicos podrían producir alergias a personas sensibles. Exijamos un riguroso control previo a la comercialización para evitar estos casos, y exijamos también una advertencia en la etiqueta del producto. Por ejemplo : “Este tomate contiene una proteína de salmón que puede causar molestias a las personas alérgicas al pescado”.
Algunos cultivos transgénicos pueden tener claras ventajas selectivas sobre el resto de las variedades domésticas o salvajes, y extenderse libremente, extinguiendo al resto y causando una pérdida de biodiversidad. Condenemos firmemente estos casos, cuando haya motivos racionales y científicos para hacerlo.
Algunas compañías pueden aprovechar la circunstancia de que cultivan variedades resistentes a un determinado pesticida y abusar de dicho producto. Denunciemos a estas empresas por contaminar el medio ambiente. Lo perjudicial, en este caso, es contaminar, no cultivar una planta transgénica.
El catastrofismo y la apelación al miedo a lo desconocido quizá sean dos de los principales motivos de rechazo a algunas pretensiones ecologistas por parte de un buen porcentaje de la comunidad científica y de las personas con una visión del mundo, digamos, racionalista, entre las cuales me incluyo. Otro factor importante quizá sea la sensación de que estas campañas adolecen de cierta escasez de rigor científico. La mayoría de los biotecnólogos y genetistas se echan las manos a la cabeza cuando leen la parte referida a “riesgos” en estos textos. De poco sirve decir que los productos transgénicos son los más controlados que existen en el mercado, infinitamente más que cualquier variedad no transgénica, pero obtenida por hibridación y/o selección artificial. Por muy inofensivo que parezca un transgénico a la luz de las decenas de estudios y controles obligatorios previos a su utilización, los ecologistas radicales no quedarán contentos. No quieren control ni prevención, sino prohibición.
En las campañas contra los productos transgénicos encontramos muestras de alarmismo exagerado como las que siguen (fuente: AEDENAT):
“La liberación de organismos vivos «diseñados» en el laboratorio mediante ingeniería genética constituye actualmente un peligro para la estabilidad ecológica del planeta de magnitudes comparables a la amenaza nuclear.”
“La liberación a gran escala de tales «absurdos» puede tener unas repercusiones en gran medida imprevisibles, y potencialmente desastrosas para el mantenimiento de la estabilidad ecológica del planeta.” “Con todo ello, la ingeniería genética estaría creando verdaderas «autopistas» a través de las cuales se podrían propagar nuevas enfermedades, con efectos inimaginables.”
Inimaginable, imprevisible, impredecible, desconocido, inesperado, incalculable, etc. es quizá el tipo de adjetivo que más abunda en estas campañas. Con este tipo de estrategias quizá el ecologismo consiga el apoyo de la gente más ignorante en asuntos científicos (de hecho, ya lo están obteniendo). Para muchos de los que tenemos la suerte de haber recibido una cierta formación científica y haber desarrollado una mentalidad racionalista, los argumentos que apelan al miedo a lo desconocido nos resultan moralmente inaceptables. Es necesario, además, rigor científico, distinción entre casos, no generalización, denunciar el uso perjudicial de un producto, no al producto en sí. Yo, al menos, exijo el derecho de toda persona a beneficiarse de los posibles avances que nos brinde la ingeniería genética y la biotecnología.
No al uso indebido de los productos transgénicos. Sí al riguroso control. No a la prohibición total. Como dice una amiga mía, dejemos los dogmatismos para el Papa.
Y, por supuesto, sí a los grupos ecologistas. Qué sería del mundo sin ellos. Pero, como todo, pueden mejorar.