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10 del 1 de 2001; 12:50 AM - Pensamiento crítico

El suave encanto de las medicinas alternativas

Fernando Peregrín Gutiérrez
Artículo publicado en Claves de la razón práctica, noviembre 2001, número 127.

A simple vista se diría que la medicina moderna occidental está enferma. Los síntomas son el descontento de un creciente número de ciudadanos de las sociedades occidentales que buscan alternativas terapéuticas en otros tipos de medicinas y las crecientes manifestaciones de opiniones críticas contra ella, cuando no claramente desacreditadoras, que aparecen con mayor frecuencia en muchos medios de comunicación. Las causas, múltiples y complejas, paradójicamente, derivan en parte de las de su éxito: su progresiva dependencia de las ciencias naturales básicas-la física, la química y la biología molecular-y de los conocimientos histológicos, anatómicos, fisiológicos, etcétera, que éstas están proporcionado y las tecnologías sanitarias que han surgido de estos conocimientos. En consecuencia, por un lado, los médicos y demás profesionales sanitarios, a medida que basan su saber en la ciencia, tienden a adoptar un lenguaje cada vez más incomprensible para el paciente, al tiempo que toman una actitud más cautelosa, fruto de la sistemática duda científica, respecto de las certezas y seguridades que muy posiblemente necesiten los enfermos para su consuelo. Por otro, la tecnificación de la medicina occidental hace que sus usuarios se encuentren, extraños e indefensos, en un frío entorno de equipos e instrumentos cuya complejidad aumenta sin cesar y que parecen una cadena industrial de robots por la que van pasando, resignada y silenciosamente, un paciente tras otro.

Existen, sin duda, otras causas de origen político y económico que contribuyen al desprestigio de la medicina occidental. En la medicina pública, la insuficiencia de medios, cada vez más caros, para atender a la cada vez mayor demanda, ocasiona las desesperantes listas de espera y el escaso tiempo que se puede dedicar a lo que se llama atención personal, al contacto directo entre médicos y enfermos. Resulta que estos últimos perciben frecuentemente que no se les trata como individuos cuya mayor y casi única preocupación es su estado de salud, sino como a un elemento más de la masa indiferenciada de pacientes, un número de cartilla, y que en lugar de prestar atención para entender cómo experimentan sus síntomas y sufren sus dolores, la medicina moderna, mediante expertos con bata blanca, máquinas y laboratorios, decidirá por su cuenta. Se habla y se escribe entonces genéricamente de la deshumanización de nuestra medicina occidental, sin tener en cuenta que más que un problema intrínseco de dicha medicina, quizá esta situación se deba parcialmente a la manera políticamente interesada-no preocupa la calidad del sistema sanitario público, que no da votos; basta con solventar o postergar los problemas para no perderlos-, ineficaz y hasta chapucera en la que se administra y se suministra la medicina socializada en los sistemas públicos de salud de la mayoría, por no decir la totalidad, de los países occidentales (en Estados Unidos, aunque no se haya socializado la medicina, ésta está controlada por las aseguradoras y demás organizaciones administradoras de servicios sanitarios (HMO), es muy costosa y de muy irregular calidad. Los estadounidenses se gastan un 14% de su PIB en sanidad).

No obstante, para los más críticos con el llamado modelo de salud occidental, la deshumanización de la medicina se debe no sólo a las citadas causas políticas y económicas, sino que es consecuencia directa de su dependencia de la ciencia y la tecnología. La importancia, dicen, dada al estudio científico de los órganos y sus patologías en las enseñanzas regladas de los profesionales de la salud, hace que estos se centren en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mediante las mejores tecnologías disponibles, tecnificando en exceso la medicina y descuidando los aspectos denominados “humanísticos” de la práctica médica. Más adelante intentaremos explicar qué entienden los citados críticos por dichos aspectos “humanísticos”, mas en este punto se debe señalar, aunque sin entrar en detalles, que es cierto en parte su reproche al descuido de las enseñanzas en las escuelas y facultades de enfermería y medicina sobre la comunicación que debe existir entre los profesionales sanitarios y los usuarios de la sanidad pública, sean pacientes o simplemente interesados en mantener adecuadamente su estado de salud.

Se dice también que otra causa deshumanizadora de la medicina moderna occidental, que tiene su origen en su enorme dependencia de la ciencia y la tecnología es la de que sus avances y progresos, tan evidentes que son difíciles por no decir imposibles de negar hasta por sus detractores más recalcitrantes, están controlados y dirigidos por una minoría formada por los grandes laboratorios médicos, las multimillonarias multinacionales diseñadoras y fabricantes de aparatos de electromedicina, instrumental clínico y otros dispositivos médicos (productos sanitarios, en la jerga de la legislación española vigente), las clínicas y hospitales (principalmente universitarios) de mayor prestigio internacional y los especialistas que ejercen en ellos, y una docena escasa de renombradas revistas científicas. El resultado de este monopolio técnico y científico, supervisado (y para algunos críticos del sistema médico occidental incluso propiciado) por unos pocos organismos gubernamentales de control y regulación, como son la Agencia Europea para la Evaluación de los Medicamentos (EMEA) y la Food and Drug Administration (FDA), ha sido la esclavitud del médico y de los sistemas nacionales de salud de una poderosísima industria médica y farmacéutica, que controla la investigación y el desarrollo de nuevos productos y tecnologías cuya exclusividad de comercialización se protege mediante patentes internacionales y cuyas decisiones y beneficios están en manos de unos pocos individuos, generalmente americanos o europeos. La deshumanización proviene en este caso, según los disconformes con la medicina occidental, de que tanto los médicos como los pacientes quedan indefensos frente a unos conocimientos y técnicas cuya complejidad y costo aumentan continuamente, que les son ajenos (el tradicional ojo clínico del facultativo, por ejemplo, se ha sustituido por una parafernalia de procedimientos diagnósticos tanto analíticos como mediante imágenes) y que les impone el sistema sanitario como única alternativa posible.

Es difícil negar la realidad de algunos de estos hechos. La medicina moderna se ha desarrollado en el marco de un sistema social y político determinado lo que explica en parte, aunque no siempre justifica, sus virtudes y defectos. Mas no es mi intención en este artículo realizar una crítica sociológica de la medicina moderna occidental y de sus logros y fracasos, sino de analizar las razones, entre las cuales se incluye sin duda el creciente descontento con la medicina convencional u ortodoxa de una parte cada vez mayor de la población, del importante auge en las sociedades de Occidente-en algunos países como Estados Unidos se puede calificar de espectacular-de otros tipos de medicinas y terapias llamadas alternativas, complementarias, no convencionales, suaves, holísticas o integrales.

Diferencias epistemológicas

Tienen en común todas estas medicinas que se presentan como alternativa o complemento a la medicina moderna que usualmente se enseña y practica en Occidente, a la que se la denomina también ortodoxa y convencional. Se han descrito como

“Un amplio ámbito de recursos curativos que abarca todos los sistemas de salud, modalidades y prácticas con sus correspondientes teorías y creencias que no son los del sistema de salud políticamente predominante en una sociedad o cultura en particular, en un determinado período histórico.”

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS) los términos medicina alternativa y medicina complementaria deben definirse respecto del concepto de medicina tradicional o indígena, que corresponde a la suma de todos los conocimientos, habilidades y prácticas basadas en teorías, creencias y experiencias propias de cada cultura, sean o no explicables, y que se usan para el mantenimiento de la salud así como para el diagnóstico, mejora o tratamiento de enfermedades físicas y mentales. Se da pues el caso, no siempre simétrico, de que una medicina pueda considerarse tradicional en un país o región y no convencional, alternativa o complementaria en otros. Tal es el caso, por ejemplo, de la medicina tradicional china, que es alternativa en Occidente mientras que en China la medicina occidental no se denomina alternativa ni tiene la consideración que ese término conlleva en los países en los que la atención sanitaria principal en el ámbito nacional es responsabilidad exclusiva de la moderna medicina occidental. ¿En qué se diferencia pues, esta medicina de las demás para que se produzca tal asimetría conceptual y denominativa? Para los editorialistas de JAMA, la pregunta está mal formulada ya que no hay medicinas alternativas en general, sino la medicina que está científicamente demostrada, se basa en la evidencia de las pruebas y tiene una sólida base de datos experimentales en que apoyarse, y las que carece de pruebas y de evidencia científica. Y aunque no se diga explícitamente en el editorial en cuestión, no queda ninguna duda de que de todas las que se practican hoy en el mundo, la medicina moderna occidental es la única que se acerca al modelo de una disciplina cuya teoría y práctica se asientan en firmes y probados fundamentos científicos. De ello cabe inferir que, dado que el conocimiento científico en el que tiende a basarse cada vez más la medicina occidental es transcultural (digan lo que digan los relativistas gnoseológicos), ésta tiene cierto potencial de alcanzar un carácter transcultural, una validez universal, al menos en sus aspectos más conceptuales, técnicos y objetivos, pese a que no es fácil que la relación entre médico y enfermo o nociones generales como bienestar, salud, enfermedad y dolor, y por tanto, la práctica médica en su totalidad, pierdan alguna vez todo o parte de su dependencia subjetiva y cultural.

En general existen importantes diferencias ontológicas y epistemológicas entre la medicina científica y la gran mayoría de las medicinas tradicionales, principalmente debidas a que casi todas ellas surgieron en épocas pre-científicas y, posteriormente, no se han adaptado a los importantes cambios teóricos y metodológicos impuestos por la ciencia moderna. Así, mientras que la gran mayoría de las medicinas tradicionales se basan en algún tipo de vitalismo, sea de origen mágico, espiritual o religioso, la medicina científica se sustenta, al menos metodológicamente, en la biología naturalista que excluye cualquier clase de espíritus, fuerzas vitales y poderes sobrenaturales, por lo que, los que la desarrollan y ejercen deben actuar, independientemente de cuales sean sus creencias religiosas, con metodología naturalista. Sucede que la experiencia histórica nos ha mostrado la posibilidad de que las medicinas tradicionales hayan encontrado mediante métodos empíricos medios terapéuticos, físicos o químicos, para ciertas enfermedades, con independencia de las creencias vitalistas (sagradas o no) sobre los fundamentos y mecanismos de acción de dichas prácticas terapéuticas. Se trata de los llamados remedios naturales, entre los cuales el más importante es la fitoterapia o tratamiento de las enfermedades con plantas. La medicina científica, de forma pragmática, considera en estos casos que los orígenes místicos y el desarrollo empírico (mediante prueba y error sin control alguno) de estos remedios, por muy pre-científicos que fueran, son sólo de interés para los historiadores de la antropología cultural y la farmacognosia, y que, para que puedan considerarse parte de esa medicina científica basta con que superen la evaluación de su eficacia terapéutica y su seguridad mediante pruebas científicas realizadas con el rigor y la metodología reglamentada para los ensayos clínicos. Por este procedimiento, un número importante de sustancias de origen vegetal ha pasado a formar parte del vademécum de medicamentos de la medicina occidental. Sucede entonces que el misterio de la acción terapéutica de la planta desaparece, pues tarde o temprano se identifican los principios activos que contiene (una molécula o conjunto de ellas) responsables de la eficacia paliativa o curativa de dicha planta medicinal, se extraen y se purifican (o se sintetizan en los laboratorios) y se convierten en un medicamento convencional. Si una planta medicinal no supera esta evaluación o no ha sido aún evaluada con estos criterios, no puede admitirse como medicamento científico y por tanto se deberá seguir considerando, en el mejor de los casos, como un remedio natural de la medicina tradicional (o un tóxico potencialmente peligroso, en caso de no pasar las pruebas de seguridad).

Al comparar una planta medicinal de eficacia terapéutica con el correspondiente medicamento farmacéutico con los mismos componentes activos nos encontramos con otra de las causas del auge de las medicinas alternativas y complementarias. Para sus partidarios, y aunque el análisis químico y los ensayos clínicos demuestren irrefutablemente la equivalencia de ambos, la planta es preferible como medicina pues es un producto natural y no un artificio químico. Dejando a un lado la tentación de explicar con detalle por qué el ácido acetil salicílico sintético que contiene una tableta de Aspirina es en todo igual al que acumulan naturalmente las plantas como parte de su sistema de resistencia a las infecciones (resistencia sistémica adquirida) y que ambos son el mismo compuesto químico, continuaré con la afirmación de que la demanda de terapias no convencionales es una parte de la moda que otorga un gran valor a todo lo que se pueda etiquetar (con etiqueta de color verde, por supuesto) de natural, ecológico, verde, saludable y alternativo. Se argüirá que estamos ante algo mucho más importante que una simple moda y que nos encontramos frente a un amplio movimiento social que tiene unas nuevas formas de pensar y actuar, un nuevo “paradigma integral” basado en teorías diferentes a las del “paradigma reduccionista” de la ciencia moderna y una escala de valores más acordes con la relación holística e integradora que debe existir entre el hombre, la sociedad y la naturaleza. Por consiguiente, el auge de las medicinas alternativas, complementarias o suaves no es una cuestión de modas sino consecuencia natural de esta nueva cosmovisión.

Holismo y reduccionismo

Desde un punto de visto gnoseológico, lo que más llama la atención de ese supuesto nuevo “paradigma integral” o “paradigma holístico” es que, además de ser un cajón de sastre donde se mezclan incoherentemente teorías más o menos científicas, filosofías, creencias místicas y esotéricas, mitos y leyendas, parece una percha de la que se pueden colgar prácticamente todas las medicinas y terapias alternativas, complementarias o integrales, sean tradicionales o no, nuevas o centenarias, con tal de que de que cumplan con unos mínimos requisitos. ¿Cuáles son éstos? Aparentemente, el más importante, y al que ya hemos aludido con anterioridad, amén del de no ser parte de la medicina moderna occidental, es que deben basarse en unos principios vitalistas, ya sean de naturaleza animista sagrada o mágica, esotérica (fuerzas o energías vitales) o pansiquista, o relativos a las relaciones entre la mente y el cuerpo, en el sentido de que la mente y el cuerpo forman un todo integrado que no se rige por las leyes de las ciencias naturales, sino por otros principios sobrenaturales. Los propagandistas y promotores de estas medicinas y terapias hablan o escriben, siempre de forma vaga y sin ofrecer explicaciones razonables, sobre el carácter holístico de éstas en contraposición con el reduccionismo de la medicina científica.

Quienes así se expresan demuestran un serio desconocimiento del significado de reduccionismo de teorías en las ciencias naturales. Tradicionalmente, las teorías científicas se conciben como un conjunto de proposiciones, y, dicho aproximadamente, una teoría se reduce a otra cuando las proposiciones de la primera son derivables de las de la segunda. Ejemplos paradigmáticos son la reducción de la ley del movimiento de Galileo a la mecánica de Newton, la de las leyes de los gases ideales o perfectos a la teoría cinética de gases y las del enlace químico a la mecánica cuántica. En el caso de la biología y demás ciencias de la vida, se acepta por la comunidad científica que los últimos constituyentes de los fenómenos que se estudian por estas disciplinas son de naturaleza física. Los organismos biológicos, por ejemplo, están constituidos por células, las cuales a su vez están constituidas por moléculas complejas, que se pueden formar a partir de moléculas más simples, que están formadas por átomos, los cuales son ya los componentes de los fenómenos que competen a la física. Mas una cosa es que este reduccionismo ontológico sea indiscutible (excepto para los vitalistas) y otra es que las teorías de ciencias tales como la biología molecular o la fisiología se puedan reducir finalmente a las leyes de la física (reduccionismo epistemológico).

El desarrollo de la moderna medicina occidental, su carácter científico y su éxito se deben en gran medida a su ontología reduccionista (o naturalista) y a la adopción de un cierto reduccionismo metodológico, al menos, a un cierto nivel. Así, la medicina se dividió en disciplinas más o menos autónomas como la biología, la histología, la anatomía, la fisiología o la patología. Esto permitió lograr unos conocimientos precisos y cada vez más completos, fiables y veraces que ninguna otra medicina holística, integral, metafísica o como quiera llamársela, ha logrado jamás. En ciencia, como en otras muchas actividades humanas, lo que conocemos y comprendemos bien y con detalle es fruto de haber podido aplicar un cierto grado de reduccionismo metodológico y explicativo. Mas esto no entraña que la ciencia moderna no sea capaz de reconocer que, en casi todos los niveles de explicación, el todo es más que las partes de que se compone (que, precisamente, es la definición precisa de holismo), las cuales se estudian y comprenden en un nivel explicativo inferior. Esta forma de proceder no deriva de nuestro conocimiento temporalmente limitado en un cierto nivel cognitivo, sino que refleja los niveles de organización de la propia naturaleza, que tienen sus propias ontologías. Así, y por exhaustivo que llegue a ser nuestro conocimiento de la biología molecular, siempre tendremos que recurrir a la citología para explicar las propiedades emergentes de las células que surgen de las moléculas.

Los abanderados de las medicinas no convencionales y esotéricas objetarán diciendo que el precio pagado por estos conocimientos obtenidos fragmentando el cuerpo humano en partes y separándolo de su mente y de su entorno social y medioambiental, es el olvido de la concepción integral del ser humano y de la medicina humanista. Cierto que el problema mente-cuerpo fue ignorado por la ciencia hasta hace unos pocos años. He aquí una explicación de este hecho:

“Buena parte de la culpa la tuvo el dualismo cartesiano, con su nítida distinción entre espíritu, la sustancia pensante (res cogitans), y el cuerpo, la sustancia extensa (res extensa), que entraban en contacto a través de la glándula pineal. Para Descartes y para Galileo, la ciencia sólo puede investigar el mundo físico y, por tanto, la actividad mental, manifestación del espíritu, queda fuera de su alcance. Esta distinción contribuyó al desarrollo de la ciencia a partir del siglo XVII, ya que dificultó la injerencia religiosa en el ámbito de la investigación científica, pero también condicionó el estudio del cerebro cuando la psicología surgió como ciencia en la última parte del siglo XIX”

Pero tras la aparición de la psicología cognitiva y el desarrollo de las neurociencias, nuestro conocimiento científico de la relación entre mente y cerebro se ha desarrollado enormemente, y según uno de los científicos que más han contribuido a ello, Antonio Damasio, se ha avanzado más en este conocimiento desde 1990 que en todos los años anteriores. La postura más común entre neurobiólogos y psicólogos cognitivos respecto de la mente

“es la de un monismo materialista emergentista (qualified realism, en palabras de Edelman y Tononi), pero utilizando la palabra emergencia sin ningún contenido mistérico, tal y como se usa en química cuando se dice que las propiedades del agua emergen de la combinación del hidrógeno y del oxígeno pero no pueden reducirse a las propiedades por separado del hidrógeno y del oxígeno. Esta posición se separa drásticamente del dualismo cartesiano, o de cualquier forma de idealismo y del pansiquismo. Pero también se distancia de las propuestas ultrarreduccionistas del materialismo eliminativo que niegan la existencia objetiva de las experiencias subjetivas de la conciencia, los qualia, así como de los planteamientos cibernéticos de la inteligencia artificial, que equiparan la conciencia con un programa de ordenador implementado en un hardware orgánico, el cerebro, y también de los intentos de explicar los fenómenos conscientes recurriendo a fenómenos cuánticos en niveles subcelulares como, por ejemplo, las estructuras de los microtúbulos.”

Las relaciones cuerpo-mente y el efecto placebo

Nuestro conocimiento sobre la mente y su relación con el resto del cuerpo a través del cerebro es aún muy limitado y no es seguro que seamos capaces algún día de desentrañar “lo que David J. Chalmers llama el problema duro [de las neurociencias]: una explicación completa de la manera en que las experiencias subjetivas surgen de los procesos cerebrales.” Sin embargo, lo que sabemos ya nos permite afirmar que la gran mayoría, por no decir la totalidad, de las ideas, creencias o filosofías sobre las relaciones cuerpo-mente en las que se fundamentan la casi totalidad de las medicinas alternativas no son más que chácharas huecas, dislates pseudo-científicos y sinsentidos místicos.

En relación con nuestro desconocimiento sobre la mente y su acción sobre el cuerpo está el llamado efecto placebo, que tan importante papel (muchas veces, único y exclusivo; a veces, no siempre, se corresponde con el llamado poder de autosanación de la mente) juega en la debatida, y hasta ahora, prácticamente sin demostrar eficacia de la gran mayoría de las medicinas alternativas.

“El efecto placebo puede definirse como el cambio terapéutico en el estado del paciente que está causalmente conectado con el conocimiento (o la conciencia) personal que posee de encontrarse en una determinada situación clínica. Se trata, por tanto, de un procedimiento médico que no posee efecto fisicoquímico específico sobre la situación de dicho paciente.”

Ejemplos de placebo son las píldoras de azúcar (del mismo color y tamaño que los del fármaco a comprobar) o las inyecciones de solución salina que se dan a los grupos de control en los ensayos clínicos en lugar del medicamento a ensayar y sin informar sobre esta característica. Se han propuesto varias teorías para explicar los mecanismos del efecto placebo y sus efectos, mas ninguna ha recibido confirmación experimental definitiva, entre otras razones por lo difícil que es diseñar y realizar ensayos clínicos controlados sobre el propio placebo. Con bastante seguridad sabemos que los mecanismos de este efecto son de tipo psicológico y bioquímico y que existe numerosísimas vías anatómicas, fisiológicas y bioquímicas que conectan los sistemas inmunitario, nervioso y endocrino. Más de un 30% de la población de los países occidentales es sensible al placebo, y hasta ahora no se ha podido demostrar su eficacia curativa (si es que tiene alguna), por lo que parece lo más probable que se limite a producir alivio que se refleja en la mejoría de la sintomatología del paciente (no debe confundirse el placebo con la remisión espontánea o natural de muchas enfermedades; de hecho, más del 80%–algunos autores hablan de hasta un 90%–se curan solas).

Si una píldora o un jarabe no contienen sustancia activa terapéutica alguna se dice, como acabamos de ver, que es un placebo. Sin embargo, hay medicinas alternativas que ofrecen rutinariamente placebos en lugar de medicamentos; tal es el caso de la homeopatía. Para muchos pacientes que recurren a ella, uno de los encantos de la homeopatía es que sus remedios son naturales, muy diluidos (“dosis homeopáticas”) y no tienen efectos secundarios o contraindicaciones. Una de las leyes jamás demostrada por los partidarios de la homeopatía, y que estos aceptan como dogma de fe, es la llamada de los infinitesimales, que viene a decir que cuanto más pequeña sea la dosis más poderoso será el efecto de la sustancia. O lo que es lo mismo: los efectos de la sustancia se potencian con la dilución de la misma; cuanto más diluida esté la sustancia más poderoso será su efecto. Esta supuesta ley general médica va en contra de las leyes de la biología y hasta si se me apura, del sentido común. Pero es que, además, hay una ley de la naturaleza que nos marca un límite para las diluciones sucesivas que podemos hacer de una sustancia. Y dado que el proceso de fabricación de los productos homeopáticos consiste, entre otras cosas, en diluciones continuas, llega un momento en que éstas no contienen ni una sola molécula de la sustancia activa supuestamente terapéutica. Consecuentemente, ¿qué es el medicamento homeopático sino un placebo muy caro?

Misterios homeopáticos

Los homeópatas llevan 200 años tratando de rebatir esta aseveración sin conseguirlo. Entre dilución y dilución, dicen los homeópatas, hay que agitar fuertemente el preparado (una operación que se llama de dinamización) y tal vez ahí se encuentre la explicación. La primera se debió al fundador de esta medicina, el doctor alemán Samuel Hahnemann, hacia finales del siglo XVIII, para el cual a medida que la sustancia se diluía y agitaba perdía sus propiedades materiales y ganaba en espirituales (la homeopatía nació siendo vitalista y lo sigue siendo). Cuando los discípulos y seguidores de Hahnemann cayeron en la cuenta de lo que significaba el número de Avogadro, se pensó que el solvente conservaba memoria de la sustancia disuelta, aunque esta hubiese desaparecido, una teoría llamada “memoria del agua”, y su intento de demostrarla ocasionó al investigador francés Jacques Benveniste y a sus colaboradores uno de los fiascos más sonados y ridículos de la historia moderna de la investigación científica. A esta frustrada tentativa siguieron otras, como la muy inverosímil “hipótesis del medicamento informacional”, que enuncia que, bajo ciertas circunstancias, el agua y ciertos disolventes pueden registrar información a propósito de las sustancias con las que han estado en contacto y luego transmitir esa información a sistemas biológicos sensibilizados, mas jamás se ha podido saber ni demostrar cómo se transfiere, se guarda y se recupera dicha información. Todas las hipótesis formuladas hasta la fecha para explicar el mecanismo de acción del medicamento homeopático tienen en común su carácter pseudo-científico y muy especulativo. Y puestos a elegir una, nos quedaríamos con la original de Hahnemann, que al menos tiene un cierto sabor a romanticismo y a metafísica de la Naturphilosophie.

Pruebas de eficacia y riesgos

Pero la homeopatía funciona, proclaman sus adeptos. Ya hemos dado noticia del pragmatismo con que la medicina moderna examina hoy día la eficacia de terapias, independientemente de las filosofías, leyendas o creencias anticientíficas en que se basen. Pues bien, hasta la fecha de hoy, no hay evidencia suficiente ni definitiva de que la homeopatía funcione mejor que el placebo. En Estados Unidos, el National Center for Complementary and Alternative Medicine (NCCAM), integrado por presiones políticas y económicas, en contra de la opinión mayoritaria de la comunidad científica estadounidense, en los prestigiosos National Institutes of Health (la mayor organización mundial dedicada a la investigación de la medicina científica), ha sido incapaz desde su creación en 1998 hasta la fecha, pese a su abultado presupuesto (más de 104 millones de dólares para el año en curso) de lograr evidencia suficiente para demostrar incuestionablemente la validez de la homeopatía (o de otras medicinas alternativas o complementarias) más allá de su acción como placebo. En la Unión Europea, el Grupo de Trabajo sobre homeopatía integrado en el proyecto COST B4 (Medicinas no convencionales en Europa) de la Comisión Europea, en su informe final a la Comisión (1999), no sólo reconoce que los estudios de eficacia son de “relevancia cuestionable”, sino que se carece de estudios sistemáticos sobre la tan cacareada seguridad de los preparados homeopáticos, que “en diluciones bajas pueden contener concentraciones fisiológicamente relevantes de sustancias tóxicas (por ejemplo, metales pesados)”. Asimismo advierte este informe a la Comisión Europea sobre los riesgos indirectos (el daño que puede causar la no aplicación de un tratamiento efectivo de la medicina científica) que puede conllevar la práctica de la homeopatía (especialmente arriesgada es la aparente actitud de algunos homeópatas en contra de la inmunización mediante vacunas convencionales) .

Tal vez el mayor riesgo indirecto de la homeopatía y de otras muchas medicinas alternativas y complementarias provenga del diagnóstico. Por muchos síntomas, enfermedades y sustancias que hayan incorporado con el tiempo los homeópatas a sus repertorios y textos de materia médica, el diagnóstico homeopático sigue estancado en sus inicios, en la década final del siglo XVIII. Nace, además, de un principio cuya aplicación general es, más que una cuestión discutida, un buen ejemplo de falsa ciencia: lo similar cura a lo similar (similia similibus curentur, el latinismo usado para dar prestigio científico a una idea sin base científica alguna). Los conocimientos que tienen los homeópatas de las enfermedades provienen básicamente, en concordancia con este principio, de hacer ingerir a voluntarios sanos la sustancia a ensayar y anotar sus síntomas, los cuales se incluyen, con el nombre en latín de la sustancia, en la materia médica (patogénesis homeopática). Esta misma sustancia que produce un determinado tipo de síntomas se espera que, una vez diluida cure enfermedades que producen síntomas similares. El diagnóstico médico consiste básicamente en un interrogatorio, en el que el homeópata puede preguntarle a una paciente, además de por sus síntomas, por cualquier cosa, como por ejemplo qué es lo que le debe a su madre. A partir de los síntomas del enfermo y de lo que puede observar a simple vista (si es un paciente reincidente, se considera también la historia médica homeopática), la tarea esencial del homeópata consiste en ajustar el cuadro sintomático del paciente a la patogénesis de un determinado medicamento homeopático. Dada la vaguedad con que los pacientes explican sus síntomas y la subjetividad de estos, no tiene nada de extraño que los homeópatas vendan su producto como si se tratara de un traje a medida, con el lema de que no hay enfermedades sino enfermos, lo que se expresa también diciendo que la homeopatía es una medicina holística. Esta máxima, en un sentido amplio, es una perogrullada; como principio de la medicina, es falsa. Hay enfermos de gripe y hay gripe. Por ello se puede estudiar la gripe como enfermedad y llegar a saber con precisión su etiología y patología a partir de datos objetivos y no solamente de una sintomatología personal y subjetiva.

Mas no cabe duda de que, carente de otros medios, el homeópata conversa largo y tendido con sus pacientes, lo que le ha valido la etiqueta de medicina humanística. Pero hablando con una paciente de sus síntomas y estableciendo con ella una cálida relación humana no se diagnostica precozmente el cáncer de mama ni otras patologías cuya mortalidad depende de un diagnóstico técnico, preciso, fiable y precoz. Se dirá que el homeópata no rechaza el diagnóstico de la medicina alopática y que recurre a él cuando lo considera necesario, algo que no requiere justificación pues lo contrario, limitarse a los pobres medios de diagnóstico de la homeopatía sería verdaderamente inhumano. En este sentido, se habla y se escribe sobre complementariedad de las medicinas e integración de la terapias, sin tener en cuenta que la diagnóstica de la medicina científica es una refutación inapelable de la mayoría de los fundamentos de la homeopatía y de la casi totalidad de las demás medicinas alternativas (la patogénesis homeopática, por ejemplo, es incompatible con la diagnóstica científica).

Los enormes avances en la diagnóstica de la medicina científica y su desfase respecto de la terapéutica es una de las razones de los recelos de una gran parte de las poblaciones occidentales respecto del sistema de salud convencional. Se dice, a propósito de esto, que la medicina moderna lo diagnostica todo pero cura sólo lo que puede, una perogrullada que a la vez es reflejo irónico de la realidad. Las técnicas de diagnóstico van muy por delante de la capacidad de tratar con éxito las enfermedades que se diagnostican y conocen. Con mayor frecuencia y precisión la medicina es capaz de decirle a un paciente qué enfermedad tiene, cómo se originó, cómo va a evolucionar y hasta cómo y cuándo le va a matar, mas no de ofrecerle siempre remedios eficaces ni el consuelo de la esperanza que proviene del optimismo del ignorante. Esta es una poderosa razón por la que los enfermos desahuciados recurren a los curanderos, a las vírgenes milagrosas o a cualquier medicina alternativa que le ofrezca esperanzas de sanación.

Relativismo multiculturalista posmoderno y la new age

El renacimiento de la homeopatía en Europa (en Alemania y Francia hay una importante tradición homeopática) y su expansión por otras zonas de occidente se debe también al relativismo cognitivo posmoderno o como dice la filósofa belga Isabelle Stengers, a la “ecología de los saberes”, una actualización “en verde” del anything goes o “todo vale” de Feyerabend. Ante el fracaso de la homeopatía y de otras medicinas alternativas de justificar científicamente su eficacia, el relativismo terapéutico intenta descalificar los métodos que la medicina científica ha desarrollado para los ensayos clínicos, que es el que han adoptado las autoridades sanitarias para dar carta de naturaleza científica a una terapia. Dado que la ciencia y la medicina científica, dice el relativismo, son construcciones culturales, y que sus métodos y conocimientos, las enfermedades, su diagnóstico y su terapia son meros acuerdos tras “negociaciones entre actores”, no se debe exigir a otras terapéuticas “cultivadas” (en el sentido de que son un hecho de cada cultura o grupo cultural, sin base en el saber adquirido mediante la razón y la actividad científica) que resistan a unas pruebas impuestas (los ensayos clínicos de la medicina científica) por otras medicinas también “cultivadas”. Según este relativismo, cada medicina, cada terapéutica, cada curandero y cada sanador milagrero tiene derecho a establecer por sí mismo las pruebas y ensayos que considere oportuno debe presentar o superar para probar la eficacia terapéutica de sus teorías, métodos y procesos. Esta postura que resulta del punto del vista de la “democracia de los saberes” presenta un grave problema en este contexto: que no tiene en cuenta que lo que está en juego no es un debate académico sobre epistemología, sino la seguridad, la salud y hasta la vida de los pacientes; y que, en consecuencia, el listón que marca las exigencias de las pruebas a que se deben someter las terapias para demostrar su seguridad y eficacia debe ponerse lo más alto posible. Con todas sus limitaciones y yerros, la denostada medicina moderna occidental es la única que está diseñando y acumulando pruebas cada vez más exigentes de su validez y seguridad.

El relativismo multiculturalista posmoderno está también detrás del auge en Occidente de ciertas terapias tradicionales de otras culturas como la acupuntura de la medicina tradicional china o el panchakarma de la medicina ayurvédica. Otra fuente inagotable de terapias y medicinas esotéricas (que aparecen por docenas a diario), es el pensamiento mágico y la espiritualidad narcisista de la new age que mezcla con asombroso eclecticismo karmas con energías positivas y negativas, masculinas y femeninas, de colores, etcétera; auras con vibraciones bioenergéticas, las doshas ayurvédicas con la función de onda de la mecánica cuántica, el Reiki con el toque terapéutico transpersonal (versión actualizada de la imposición de manos milagrera) y así hasta agotar los esoterismos, las magias y los términos científicos sacados al azar de los libros de divulgación (y crear, de pasada, un floreciente e incontrolado negocio multimillonario). Respecto de muchas de estas medicinas new age, así como de la mayoría de las “verdes” medicinas alternativas, lo mejor que se puede decir muchas veces es que la imaginación, la irracionalidad y la credulidad humanas no parecen conocer límites, lo que queda especialmente patente leyendo los panegíricos que sus crédulos proselitistas publican sobre estas magias, mitos, creencias o simples charlatanerías. A propósito de esto, cabe concluir citando a Peter Medawar, un inmunólogo ilustre, premio Nobel de medicina y al que tantos años de vida le deben los transplantados: “si fuese una credulidad inocente, pasiva, sería excusable; pero salta demasiado a la vista, ¡ay!, que se trata de una disposición activa a dejarse engañar.”

(En agradecimiento a las Dras. Camino y Campuzano, del Servicio de Cardiología del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, por el buen trato profesional y humano que me dispensaron recientemente)

Fernando Peregrín Gutiérrez es ensayista de epistemología e historia de la ciencia y expresidente de un Comité Técnico del área de salud y medicina de la Comisión Europea de Normas (CEN).

por Cibernesto | Enlace |

Hay 16 comentarios

  1. Wilfredo Allen Hilton dice:

    soy profesor de terapias alternativas, me parecio excelente su articulo, me gustaria mantener la comunicacion sobre diferentes temas, educacion de las medicinas alternativas en las universidades, educacion a distancia, fundamentos filosoficos y cientificos de las medicinas altrnativas, perpectivas para este siglo de las terapias alternativas, salud global ect,ect.
    muchas gracias de antemano

  2. YAROSLAB PAZ dice:

    QUISIERA QUE ME ENVIEN INFORMACION SOBRE VACUNAS NATURALES OBTENIDAS MEDIANTE LAS CIENCIA FARMACOGNOSIA

  3. KIMBERLY CHAMBI dice:

    soy una simple estudiante pero aun asi me paresen sus artículos muy buenos e interesantes quisiera porfavor un poco mas de iformacion sobre la ciencia farmacognocia

  4. Goyo dice:

    La ciencia faramacognocia no existe. Espero que esta información te sea útil.

  5. Ramón Rey dice:

    Me parece un artículo estupendo. Soy optimista pues creo que la “disposición activa a dejarse engañar” comentada Peter Medawar, pese a ser muy poderosa, y conozco algún caso cercano…, quizá es menos poderosa en términos planetarios que en el pasado.

  6. luisa sanz fernandez dice:

    Me gustaria saber un tratamiento homeoparico para la fibromialgia.Luisa

  7. eltrolopekjorok dice:

    Toma, si no se han leido nada y piden + info sobre farmacoparicos, ya les vale.

  8. magda dice:

    Me parece un comentario muy sincero y realista. Soy estudiante de enfermería y felicito todo el documento por su claridad y transparencia.

  9. bladimir dice:

    me parese una critica muy espesifica.soy de republica dominicana y estudio medicina

  10. Enrique Calderón dice:

    Felicitaciones por tan interesante ensayo literario. Denota rigurosidad, juicio y dominio crítico acerca de una de las disciplinas posmodernistas de este nuevo siglo. Pregunto, acaso en la Europa encaminada hacia la globalización con esictas normas de control y consumo, de dentro hacia afuera y viceversa, sobretodo éste último, se logra imponer la homeopatía con carácter médico definido. cuál es su futuro en los ámbitos académicos, marcos legales y representaciones, normativas para consumo, etc. Favor, contéstame a estas inquitudes.

  11. Enrique Calderón dice:

    Felicitaciones por tan interesante ensayo literario. Denota rigurosidad, juicio y dominio crítico acerca de una de las disciplinas posmodernistas de este nuevo siglo. Pregunto, acaso en la Europa encaminada hacia la globalización con esictas normas de control y consumo, de dentro hacia afuera y viceversa, sobretodo éste último, se logra imponer la homeopatía con carácter médico definido. cuál es su futuro en los ámbitos académicos, marcos legales y representaciones, normativas para consumo, etc. Favor, contéstame a estas inquitudes.

  12. JORGE CASTAÑO dice:

    WILFREDO LORETTO ALLEN HILTON, es un HIJUEPUTA MALPARIDO, no se dejen creer de sus BURRADAS, ha causado daños a las personas que ese coño medíca, NEGRO tenía que ser el H.P.

  13. angel dice:

    la verdad hay muchos medicamentos que son placebos pero la gente no cre en esto
    es veridico por a susedido.
    y este ensayo puede demostrar lo q digo
    es especifico para q lo entienda cualquier persona
    asdfghjklllñ

  14. luly dice:

    [:)]hola como etan gente hermosa?

    me os presento actualmente poseo 2 diplomas de reflexologia uno de reiki (iniciacion) hago tai_ chi a diario y practico con espadas.
    Si bien enpece este año a familiarisarme con la web ya tenia presente dichas paginas.
    ahora les pregunto lo siguiente ¿les gusta conseguir material gratis?
    pues es posible hoy estube buscando (es mi dia libre) mucho material alternativo y encontre alguna que otra pagina.
    www.unapaginainteresante.com
    me gustaria que me recomendaran otras.
    seria de gra utilidad mi hijo esta formando un ranking
    para poder entrar directamente alo que me interesa de la web.
    osea todo sobre terapias alternativas bueno muchas gracias y espero su respuesta
    felicidades por este bien logrado foro[:D]

  15. Daniela dice:

    Doctor Wilfredo Allen Hilton necesito comunicarme con usted. Necesito mandarle una paciente. Donde lo puede ubicar . Le agradezco. Mihaela

  16. Sandra dice:

    Hola
    Actualmente soy estudiante de homeopatáa, y respeto mucho todas las opiniones inclusive las que van en contra de esta, y quisiera dar mi punto de vista, actualmente estudio en el ISEG de Guadalajara y los estudiantes estan siendo educados con espiritu científico, no aceptar algo como verdadero si no ha sigo comprobado, los medicamentos homeopaticos funcionan y no hay más prueba que la curación de tantas personas, lo que el hombre puedo llamar comprobación cientifica es lo que el mismo es capaz de comprobar hacia su entendimiento, lo cual no deberia ser así, la homeopatia no ha sido tan difundida y no por falta de resultados si no por que esta no crea un circulo lucrativo como otras ciencias medicas, creando desinformación y creencias erroneas en muchos casos no solo en gente de bajos recursos si no asi mismo en gente preparada pero que desconoce todo acerca de la homeopatia, desafortununadamente por la falta de acreditación y de leyes que permitan y reconozcan a la homeopatia como una ciencia médica, y en su defecto la exigencia de que los pregramas educativos deben de cumplir, hay muchas pseudoescuelas , pesudohomeopatas y charlatanes dando un mal prestigio a la homeopatia, bien dijo el fundador de la homeopatia, bien dijo Samuel Hahnemann a su esposa, cuida la homeopatia de los homeopatas.

    Estoy a favor y esperando que la homeopatia sea difundida y legislada de manera correcta para el beneficio de la humanidad.

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