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Sí a los productos transgénicos

Por qué estoy en contra de las campañas por la prohibición.

Alarmismo injustificado, poco rigor científico y motivos pseudoéticos caracterizan a las campañas que exigen la prohibición total

Joaquin Araújo, quizá el más famoso divulgador español del ecologismo, publicaba hace tiempo en el diario El País una columna acerca de los productos obtenidos de organismos transgénicos. “Cierto es que la biotecnología, podría alcanzar sanos y hasta muy constructivos objetivos. Además es legítima como incremento de nuestro saber”, escribía. Tras esta razonable frase, Araújo expone sus, en cierto modo, también razonables temores sobre los posibles riesgos de algunos productos de este tipo. Pero, sorprendentemente, leemos al final del artículo lo siguiente:

“aunque no hubiera secuela perniciosa para la salud de los humanos, ni para el derredor espontáneo, ni para la independencia de los países en espera de un mínimo bienestar, la suspensión de cualquier forma de libre circulación de los alimentos o seres transgénicos sería oportuna”.

Pocas veces puede uno encontrar una exposición tan clara y sincera de una convicción pseudoética (denomino así a la calificación de algo como “malo” (o “bueno”) aún cuando no existe ningún motivo racional para ello). He preguntado a algunos ecologistas (si bien pocos aún) si conciben la posibilidad de crear organismos transgénicos inofensivos o incluso beneficiosos para el medio ambiente, la salud, o la economía de los países pobres. Ninguno quiso contestarme a esta sencilla cuestión, posiblemente por miedo a caer en una trampa argumental. Pero Joaquin Araújo es pasmosamente sincero: admite la posibilidad de que puedan producirse transgénicos neutros o beneficiosos... pero, contra toda lógica, aboga por la prohibición de éstos transgénicos también. Es decir: aunque no sean malos, son malos.

Que no se malinterprete lo anterior. No estoy defendiendo que todos los productos transgénicos sean inofensivos. Simplemente afirmo que es muy posible que algunos sean incluso beneficiosos. Cada producto transgénico es “un mundo”; no es posible generalizar, y este es uno de las más graves inconsistencias de las campañas anti-transgénicos. Mientras que una planta transgénica que sintetiza insecticidas podría tener un impacto ambiental negativo (o podría no tenerlo), una vaca que segrega insulina humana en su leche jamás se extenderá por el mundo causando estragos en los ecosistemas. Tampoco una planta de tabaco luminiscente tiene por qué crecer descontroladamente y dominar el mundo vegetal ¿en qué cabeza puede caber eso?. Mientras que una bacteria transgénica capaz de “comerse” el petróleo de las mareas negras podría alterar negativamente la cadena trófica marina, otra bacteria diferente, creada para los mismos fines higiénicos, podría no afectar en absoluto al plancton y cumplir su tarea de forma inocua. La pretensión de prohibir todos los productos transgénicos no tiene ningún sentido. Es como querer destruir todos los medicamentos solo porque algunos de ellos pueden implicar riesgos conocidos o desconocidos.

Determinados alimentos transgénicos podrían producir alergias a personas sensibles. Exijamos un riguroso control previo a la comercialización para evitar estos casos, y exijamos también una advertencia en la etiqueta del producto. Por ejemplo : “Este tomate contiene una proteína de salmón que puede causar molestias a las personas alérgicas al pescado”.

Algunos cultivos transgénicos pueden tener claras ventajas selectivas sobre el resto de las variedades domésticas o salvajes, y extenderse libremente, extinguiendo al resto y causando una pérdida de biodiversidad. Condenemos firmemente estos casos, cuando haya motivos racionales y científicos para hacerlo.

Algunas compañías pueden aprovechar la circunstancia de que cultivan variedades resistentes a un determinado pesticida y abusar de dicho producto. Denunciemos a estas empresas por contaminar el medio ambiente. Lo perjudicial, en este caso, es contaminar, no cultivar una planta transgénica.

El catastrofismo y la apelación al miedo a lo desconocido quizá sean dos de los principales motivos de rechazo a algunas pretensiones ecologistas por parte de un buen porcentaje de la comunidad científica y de las personas con una visión del mundo, digamos, racionalista, entre las cuales me incluyo. Otro factor importante quizá sea la sensación de que estas campañas adolecen de cierta escasez de rigor científico. La mayoría de los biotecnólogos y genetistas se echan las manos a la cabeza cuando leen la parte referida a “riesgos” en estos textos. De poco sirve decir que los productos transgénicos son los más controlados que existen en el mercado, infinitamente más que cualquier variedad no transgénica, pero obtenida por hibridación y/o selección artificial. Por muy inofensivo que parezca un transgénico a la luz de las decenas de estudios y controles obligatorios previos a su utilización, los ecologistas radicales no quedarán contentos. No quieren control ni prevención, sino prohibición.

En las campañas contra los productos transgénicos encontramos muestras de alarmismo exagerado como las que siguen (fuente: AEDENAT):

La liberación de organismos vivos «diseñados» en el laboratorio mediante ingeniería genética constituye actualmente un peligro para la estabilidad ecológica del planeta de magnitudes comparables a la amenaza nuclear.”

La liberación a gran escala de tales «absurdos» puede tener unas repercusiones en gran medida imprevisibles, y potencialmente desastrosas para el mantenimiento de la estabilidad ecológica del planeta.

Con todo ello, la ingeniería genética estaría creando verdaderas «autopistas» a través de las cuales se podrían propagar nuevas enfermedades, con efectos inimaginables.

Inimaginable, imprevisible, impredecible, desconocido, inesperado, incalculable, etc. es quizá el tipo de adjetivo que más abunda en estas campañas. Con este tipo de estrategias quizá el ecologismo consiga el apoyo de la gente más ignorante en asuntos científicos (de hecho, ya lo están obteniendo). Para muchos de los que tenemos la suerte de haber recibido una cierta formación científica y haber desarrollado una mentalidad racionalista, los argumentos que apelan al miedo a lo desconocido nos resultan moralmente inaceptables. Es necesario, además, rigor científico, distinción entre casos, no generalización, denunciar el uso perjudicial de un producto, no al producto en sí. Yo, al menos, exijo el derecho de toda persona a beneficiarse de los posibles avances que nos brinde la ingeniería genética y la biotecnología.

No al uso indebido de los productos transgénicos. Sí al riguroso control. No a la prohibición total. Como dice una amiga mía, dejemos los dogmatismos para el Papa.

Y, por supuesto, sí a los grupos ecologistas. Qué sería del mundo sin ellos. Pero, como todo, pueden mejorar.

Cibernesto

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